Miami, Reporta.news— La crisis cubana parece haber entrado en una nueva etapa: ya no se trata solamente de los apagones o de la escasez de alimentos. Lo que enfrentan los cubanos es un deterioro progresivo y simultáneo de prácticamente todos los servicios esenciales.
Fuentes desde La Habana describen una situación cada vez más difícil, en la que los prolongados cortes de electricidad coinciden con problemas en el suministro de agua, escasez de medicamentos y alimentos, aumento acelerado de los precios, dificultades con el transporte público y un deterioro visible de las condiciones de higiene.
La crisis energética se ha convertido en el eje alrededor del cual giran muchas de las demás carencias. Cuando falta la electricidad, también se afecta el bombeo y distribución de agua, la conservación de alimentos y medicamentos, el funcionamiento de hospitales y otros servicios públicos. La Embajada de Estados Unidos en La Habana emitió recientemente una alerta sanitaria relacionada con el deterioro del suministro de agua y recomendó a sus ciudadanos mantener reservas de agua y alimentos ante los apagones prolongados.
Una pensión que no alcanza ni para el aceite
El drama puede entenderse mejor a través de las historias de quienes viven diariamente esta realidad.
Francisco López, un habanero de 80 años, resumió a EFE la situación con una frase que refleja el sentimiento de muchos cubanos: “Estamos pasando dificultades en casi todos los aspectos”.
López explicó que recibe una pensión mensual de 4.000 pesos cubanos, cantidad que puede resultar insuficiente incluso para comprar una botella de aceite de cocina, cuyo precio puede alcanzar los 5.000 pesos en algunos establecimientos privados.
Es decir, un jubilado puede llegar al final del mes sin tener siquiera los recursos necesarios para adquirir un producto tan básico como el aceite.
Y el problema no termina en la alimentación. Según su testimonio, tampoco encuentra en las farmacias estatales los medicamentos que necesita para controlar la hipertensión.
La ecuación es devastadora: los ingresos pierden valor mientras los productos esenciales aumentan de precio y los servicios públicos dejan de funcionar con normalidad.
El apagón dejó de ser solamente eléctrico
Durante años, los apagones fueron presentados como un problema energético. Pero la realidad actual demuestra que sus consecuencias se extienden mucho más allá del suministro eléctrico.
La falta de electricidad afecta el agua, la refrigeración de los alimentos, las comunicaciones, el transporte y los servicios médicos.
En agosto se han reportado interrupciones eléctricas de enorme magnitud. El 27 de agosto, por ejemplo, cuatro de las cinco provincias del oriente cubano quedaron afectadas por un gran apagón después de una falla en las líneas de transmisión que provocó la salida de varias plantas termoeléctricas.
Para una población que vive además bajo temperaturas elevadas, pasar largas horas sin electricidad significa soportar calor, falta de agua, alimentos que pueden echarse a perder y hogares prácticamente paralizados.
Pero existe un efecto todavía más preocupante: la electricidad es necesaria para que funcionen otros servicios esenciales.
Sin energía no hay bombeo regular de agua. Sin refrigeración se compromete la conservación de alimentos y determinados medicamentos. Sin combustible y electricidad se paraliza buena parte del transporte.
La crisis, por tanto, funciona como una cadena: un problema alimenta al otro.
Agua, alimentos y medicinas: el nuevo triángulo de la escasez
Las dificultades con el agua se han convertido en otra de las grandes preocupaciones de los cubanos.
En La Habana, incluso se han producido protestas relacionadas con la falta de agua. Recientemente, una mujer fue detenida después de reclamar por el acceso al servicio, según denuncias difundidas desde la isla.
El problema del agua, además, no puede separarse de las condiciones sanitarias.
Cuando una familia tiene dificultades para bañarse, lavar ropa, limpiar la vivienda o cocinar, la crisis deja de ser económica y pasa a convertirse también en un problema de salud pública.
A esto se suma la escasez de medicamentos.
La situación resulta particularmente angustiosa para las personas mayores y para quienes padecen enfermedades crónicas y dependen de medicamentos que no siempre aparecen en las farmacias estatales.
El resultado es una población obligada a buscar alternativas en el mercado informal, donde los precios son considerablemente superiores y muchas veces los productos tampoco están disponibles.
El transporte también se deteriora
Moverse por la isla se ha convertido en otra prueba cotidiana.
La falta de combustible ha reducido las posibilidades del transporte público y ha obligado a muchos cubanos a utilizar alternativas como bicicletas, triciclos, motocicletas y otros medios improvisados.
En La Habana, el deterioro del transporte se suma a una crisis que también afecta la recogida de basura y otros servicios municipales.
Así, una persona puede salir de su casa enfrentando simultáneamente varios problemas: conseguir agua, encontrar alimentos, localizar medicamentos y encontrar la manera de llegar a su destino.
Hasta las escuelas enfrentan la crisis
El deterioro tampoco se limita a los hogares.
Cuba se prepara para comenzar el curso escolar en septiembre en medio de una severa falta de recursos. Reuters reportó que la cobertura de maestros ha caído al 73% y que solamente se dispone de alrededor del 12% de los uniformes necesarios. La crisis energética y las dificultades del transporte también complican el regreso a las aulas.
La educación, uno de los servicios que durante décadas el gobierno cubano presentó como una de las grandes conquistas de la Revolución, tampoco escapa a la crisis.
Una sociedad que parece haber llegado al límite
Lo más preocupante de la situación actual es precisamente su carácter acumulativo.
No es solamente que falte electricidad.
Falta electricidad y falta agua.
Falta agua y faltan medicamentos.
Faltan medicamentos y aumentan los precios.
Aumentan los precios mientras las pensiones y los salarios pierden capacidad de compra.
Falta combustible y se deteriora el transporte.
Se deteriora el transporte y se dificulta todavía más el acceso a alimentos, medicinas y servicios.
Es una cadena de problemas que termina afectando prácticamente todos los aspectos de la vida.
Y mientras el Gobierno insiste en explicar la crisis fundamentalmente a partir de las sanciones estadounidenses, sus críticos señalan también décadas de malas decisiones económicas, falta de inversiones, deterioro de la infraestructura y un modelo estatal incapaz de generar los recursos necesarios para sostener los servicios.
La realidad, sin embargo, es que el ciudadano común no vive la crisis en términos de teorías económicas.
La vive cuando abre el grifo y no sale agua.
Cuando llega la noche y vuelve a apagarse la electricidad.
Cuando va a una farmacia y no encuentra el medicamento que necesita.
Cuando llega al mercado y descubre que su pensión no alcanza.
Cuando intenta tomar un autobús y no aparece.
Y cuando, después de todo eso, tiene que regresar a una vivienda sin electricidad, sin agua suficiente y con la incertidumbre de qué podrá comprar al día siguiente.
Cuba parece haber llegado a un punto en el que la crisis ya no se mide solamente por las horas de apagón, sino por la cantidad de servicios básicos que dejaron de funcionar al mismo tiempo.
Y para millones de cubanos, la pregunta ya no es cuándo terminará la crisis.
La pregunta es cuánto tiempo más podrán seguir soportándola.
FOTO: Cortesia de La Sexta


