Miami, Reporta.news— Durante décadas, las grandes cadenas hoteleras españolas apostaron por Cuba cuando muchos evitaban siquiera mirar hacia la Isla. Mientras el régimen castrista se hundía en ineficiencia económica y aislamiento político, gigantes como Meliá Hotels International, Iberostar Hotels & Resorts, Barceló Hotel Group y NH Hotel Group construían discretamente un imperio turístico sobre la base de acuerdos con La Habana.
Pero ahora, todo ese entramado empresarial, levantado tras años de inversiones, riesgos políticos y concesiones al régimen cubano, podría quedar reducido a escombros diplomáticos si la administración de Donald Trump decide reclamar el sector turístico cubano como pieza estratégica en una eventual negociación con el Gobierno de la Isla.
La teoría, expuesta esta semana por el diario español El Confidencial, pone sobre la mesa un escenario que hasta hace poco parecía impensable: que Washington termine exigiendo una reestructuración profunda del control económico del turismo cubano, desplazando a actores extranjeros que han operado bajo las reglas del castrismo.
Existe un detalle fundamental que desmonta buena parte del poder aparente de las hoteleras españolas en Cuba: ninguna es realmente propietaria de los hoteles que administra.
Durante años, empresas españolas aprendieron a navegar el laberinto del sistema económico cubano. Administraron hoteles, explotaron marcas, gestionaron reservas internacionales y entrenaron personal, pero siempre bajo un modelo diseñado por el régimen: los activos permanecen en manos del Estado cubano, particularmente de estructuras ligadas al conglomerado militar GAESA.
Es decir, las cadenas españolas han operado como administradoras, no como dueñas.
Ese matiz, que durante décadas fue considerado un precio aceptable para acceder a un mercado prácticamente virgen del Caribe, podría convertirse ahora en su mayor vulnerabilidad. Si mañana cambia la correlación política entre Washington y La Habana, los contratos podrían ser renegociados, cancelados o absorbidos por nuevos actores sin demasiada capacidad de resistencia por parte de Madrid o las empresas involucradas.
El cálculo estratégico que podría haber salido mal
Las hoteleras españolas no llegaron a Cuba por romanticismo ideológico ni solidaridad política. Apostaron por un cálculo de largo plazo: resistir el desgaste del régimen y posicionarse antes que nadie para el día después.
La lógica parecía impecable. Cuba posee playas privilegiadas, cercanía con Estados Unidos y un potencial turístico gigantesco. Cuando llegara una transición política —pensaban muchos inversores— quienes ya estuvieran instalados tendrían ventaja absoluta.
Sin embargo, la historia podría estar girando en dirección contraria.
Con el regreso de Trump a la Casa Blanca y una política exterior nuevamente centrada en presión máxima sobre regímenes autoritarios del hemisferio, algunos analistas creen que el turismo podría convertirse en una de las grandes monedas de negociación.
Washington no solo tendría razones políticas para intervenir. También existirían poderosos incentivos económicos.
El eventual acceso de capital estadounidense al mercado hotelero cubano —especialmente en destinos como Varadero, La Habana o los cayos turísticos— representa un botín multimillonario que históricamente ha permanecido en manos europeas, principalmente españolas.
Para Madrid, el asunto podría convertirse en una tormenta diplomática de enormes proporciones.
España ha sido uno de los principales socios económicos de Cuba en las últimas tres décadas. Sus cadenas hoteleras han asumido costes reputacionales importantes al mantener operaciones mientras el régimen era denunciado internacionalmente por represión política, violaciones de derechos humanos y falta de libertades.
Ahora surge una pregunta incómoda: ¿qué ocurriría si, después de décadas apostando por la Isla, el premio termina siendo entregado a empresas estadounidenses?
La preocupación no es menor. Porque, al no existir derechos plenos de propiedad sobre los hoteles, las garantías jurídicas de permanencia son considerablemente limitadas.
En otras palabras: lo que parecía una inversión estratégica podría terminar siendo un alquiler político de larga duración sin retorno garantizado.
El problema llega además en el peor momento posible para La Habana, ya que el turismo cubano, esta en crisis y sin margen de maniobra.
El turismo cubano atraviesa una de sus peores crisis en décadas. La llegada de visitantes internacionales sigue muy por debajo de niveles históricos, la infraestructura hotelera muestra signos de deterioro, y el país enfrenta una severa escasez de combustible, alimentos y divisas.
Paradójicamente, el régimen ha seguido construyendo hoteles mientras el país sufre apagones, inflación descontrolada y un éxodo masivo de ciudadanos.
Si Estados Unidos decide aumentar la presión sobre las fuentes de ingresos del castrismo, el turismo podría convertirse en el frente decisivo.
Y ahí, las hoteleras españolas —que durante años parecían socios indispensables— podrían descubrir que en la geopolítica del Caribe no existen posiciones permanentes, solo intereses temporales.
La gran incógnita ya no es si el modelo económico cubano puede sostenerse, sino quién recogerá las piezas cuando empiece a desmoronarse. Y en esa batalla, España podría descubrir demasiado tarde que jugó durante décadas… para perder el tablero completo.
FOTO: Cortesia de Merco Press


